Pongámonos fríos, olvidemos los sentimientos, la empatía, a las personas, incluso la vida.
Seamos egoístas, tanto que ni aquel al que más amamos tenga un sitio en el desván que es nuestro cerebro, y menos aún en nuestro corazón.
Huyamos del mundo, fuera reglas, fuera convicciones, fuera deberes y obligaciones, fuera miedos.
No sintamos nada, porque los sentimientos nos atan, nos hacen prisioneros, nos quitan nuestra libertad.
Seamos solo nosotros, sin un "tú", sin un "alguien especial", sin familia, sin amigos, sin nada más.
Vivamos ajenos a los problemas, al mundo entero, porque ellos no son nosotros, porque nosotros no dependemos de ellos.
Y así, libres, solos, apartados, fríos, egoístas, así no nos tocarán, así seremos dueños de nuestras vidas, sin esclavizarnos.
Pero así también dejaremos de ser, porque en el fondo, aunque queramos huir, necesitamos ataduras, calor, sentimientos, reglas, obligaciones... Pero sobre todo necesitamos personas.
Porque uno deja de ser uno mismo si no lo es con otros.
Porque más allá de todo somos dependientes, y tarde o temprano caemos en esa dependencia absurda y maravillosa.
Porque sí, huir está bien, pero siempre y cuando tengas la certeza de que alguien te está buscando, de que alguien quiere traerte de vuelta.
Porque la mejor parte de huir, es siempre volver.

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